miércoles, 16 de noviembre de 2016

Reseña de un poeta olvidado


Gustave Courbet - Retrato de Baudelaire (1848-1849)
Extracto del Prólogo de José Muriato, crítico literario, con motivo de la publicación de “Misivas del futuro pasado: la correspondencia de A…P…” publicado por esta editorial.

Poco o nada se sabe de A… P…, escritor ecuatoriano que falleció antes de cumplir los veinticinco años y cuya obra, hasta ahora, se limita al irregular cuento “En la ciénaga” y el relato “Mente extraviada”, publicados en su integridad el pasado año en una cuidada edición de la cual tuve el honor de participar y prologar. Su obra está comenzando a ser estudiada y apreciada por críticos literarios y lectores de todas partes del mundo, sobre todo a partir de sus traducciones al inglés y al francés que aparecieron antologías latinoamericanas. En estos días que escribo este prólogo me llegó la noticia que se prepara también una traducción al alemán que será prologada por Helmut Fedler, ese excelente crítico literario que nos sorprendió hace algunos años con su extenso estudio del “Quijote de Avellaneda” donde argumenta que tras el seudónimo del supuesto autor, Alonso Fernández de Avellaneda, no estaba sino el propio Cervantes que hizo un experimento literario plagiando su propia obra.

Con motivo de la mencionada edición del la primera edición de la obra de A…P…, yo escribí en el prólogo aquel entonces: “Sin lugar a dudas, <<Mente extraviada >> es el culmen de la protoliteratura moderna ecuatoriana y al mismo tiempo la piedra angular de la siguiente etapa. A…P… es la voz de una generación maldita que creció en la dictadura del expirante velasquismo, la paranoia represiva del dictador Rodríguez Lara y la ambigüedad autoritaria del Consejo Supremo de Gobierno. A…P…. , sin embargo, no formó parte de ningún grupo de resistencia a la dictadura e incluso es muy posible que haya sido anticomunista. Esto ha hecho que improvisados biógrafos como Wenceslao de Cortés le hayan denominado <<(…) apolítico, sin embargo, furibundo conservador y reaccionario hasta el tuétano. Distinguido ejemplo del más fiero anticomunista y del más retrogrado espécimen del mestizo ecuatoriano>>. El doctor De Cortés se regodea en su crítica chabacana, facilista y difamatoria, sin haber tenido acceso siquiera a fuentes primarias que de tan maduras se caían del árbol: sus familiares y M..E…, su interés romántico más conocido. Puede que A…P… no hubiese participado de las revueltas estudiantiles de Guayaquil (para disgusto de De Cortés), pero eso no significa en absoluto que haya sido apolítico. Su resistencia se expresó a través de la estética de la literatura, asumiendo una postura cáustica y mordaz cuyos ejemplos podemos encontrar en los pocos artículos de opinión que publicó en algunos periódicos del país. Sin lugar a dudas, el escritor encontró en la literatura su principal arma de crítica y reflexión de su realidad política y social”.
Ha llovido mucho bajo el puente desde la publicación de su obra y de mi prólogo, en lo cual se ha encontrado nueva evidencia que nos arroja mayor claridad a la vida de este insigne autor. Es lo que justamente el lector tiene entre las manos: el intercambio epistolar entre A…P… y M…E… La correspondencia – que no está completa – abarca desde mediados de julio de 1979 hasta finales de 1982, desde la mudanza de M…E… a Boston, Massachusetts, para continuar sus estudios de pintura; y la muerte de M…E…en diciembre de 1982. La historia de estas cartas es bastante particular.  Tras la muerte de A…P… su madre envió una carta a M…E… que incluía toda la correspondencia que ella había enviado a A…P… cuando aún estaba con vida. Aquellas misivas habían sido guardadas con celo por la mujer, pues intuyó que eran el testamento literario de su hijo. Sin embargo, aquejada por la enfermedad y las deudas, prefirió entregarlas a M…E… antes que su vida terminara.

Quiero destacar aquí el tino de la madre de A…P… a pesar de haber ido incluso contra los últimos deseos de su hijo. En su testamento el malogrado escritor ordenó que se entreguen todos sus documentos personales a su madre y que luego ella debía quemarlos. Sin embargo, la astuta anciana desobedeció esta orden y evitó así que ocurra uno de los mayores crímenes de la literatura moderna. Más tarde, luego de seleccionar aquellos papeles donde se encontraron cuentos, algunos capítulos en borrador de una novela, poesía y aforismos sueltos (material previsto para su publicación en una edición de lujo el siguiente año), quedaron las cartas recibidas a de M…E… y las copias que el autor guardó de las suyas. La anciana decidió entonces que lo mejor era que aquellas misivas regresaran al poder de su propietaria.
M…E… recibió sus cartas y las guardó junto a las del literato, compaginándolas por fecha. La pintora, nacida en Medellín  y radicada en Boston, conservó las correspondencia por años, como un tesoro personal. Tras su internación y muerte en una clínica mental en el ocaso de su vida, sus descendientes retuvieron las cartas que fueron subastadas a la muerte de la artista. Las misivas pasaron así por las manos de al menos dos coleccionistas, antes de llegar a los catálogos de la famosa casa de subastas Sotheby’s en el 2001 para venderse por la irrisoria suma de mil libras esterlinas. El comprador fue un coleccionista riobambeño del cual no publicaré su identidad, a expreso pedido suyo, pero del que solo huelga decir que tuvo en su poder las cartas por varios años hasta que decidió sacar a la luz este tesoro literario.

A raíz de la publicación de “Mente extraviada”, el citado coleccionista se contactó conmigo para avisarme sobre su posesión, pues hasta antes de la publicación no tenía consciencia de la magnitud histórica y literaria de sus cartas. Poco después de revisar los documentos (doce en total) contacté telefónicamente a una descendiente de M…E… quien reside en Lausanne, Suiza. Ella me confesó que el lote inicial constaba de más de 200 cartas, pero que en uno de los ataques de demencia de M..E…, poco antes de su internación, quemó varias de las cartas y solo quedaron alrededor de ochenta. Presumo que la subsecuente reducción de las cartas, hasta llegar a su número actual, se debió a su paso por las manos de los coleccionistas y por las inclemencias del tiempo. Es posible que otras cartas continúen guardadas en alguna bóveda a al espera de que su valor se incremente. Es por ello que aún tengo la esperanza de que nuevas cartas aparezcan en los siguientes años, como consecuencia de la publicación de este lote que presentamos ahora al lector.

Voy a dar pocos detalles sobre el contenido de las cartas, pues estas en conjunto forman una historia que puede ser leída fácilmente, pese a la ausencia de varias misivas. La primera tiene que ver con la mención al “Círculo literario”. No he encontrado referencia alguna a tal círculo en libros ni periódicos de la época. Tampoco las entrevistas que hice a intelectuales y literatos me han ayudado mucho, pues han negado haber escuchado sobre tal círculo en su vida. La mención a este círculo, indudablemente, le da un toque de misterio a las cartas de A…P... y mi teoría aquí es que sí existió tal circulo y que posiblemente aún existe, pero actuando como una sociedad secreta al puro estilo masónico. Esta certeza no se debe al capricho de quien escribe, ni a la voluntad de dotar de un halo de misterio innecesario a la vida de A…P…, sino más bien que se responde a un hecho indiscutible, la mención que A…P… hace del personaje J… Durante los meses de investigación documental que precedieron a esta publicación, hallé la identidad de J… quien en realidad se trataba de C… S…, reconocido socialité quiteño de quien se rumoreaba su homosexualidad, ahecho escandaloso para su entorno social de la época. Para disipar tales rumores contrajo nupcias con una joven de una influyente familia de Ibarra, aunque en la época se rumoreaba que fue un matrimonio arreglado para evitar que su padre, acaudalado empresario guayaquileño, lo desherede.

En aquella época se especuló entre un tórrido romance entre C…S… y A…P… lo cual explicaría la mención a un” nuevo, excitante e inesperado amor” en uno de sus poemas aún inéditos; pero que además echaría algo de luz sobre su temprano deceso. En efecto, aquella “angustiosa, terrible y desconocida enfermedad” a la que hace referencia la madre de A…P.. en su carta a M…E… habría sido en realidad Sida, de la que también murió C…S… muchos años después. Es muy posible que ambos jóvenes hayan sido los primeros casos de contagio en la ciudad, pues los galenos no pudieron determinar cuales fueron las causas de su deceso. Recordemos que el virus del VIH recién fue “descubierto” en 1981, por lo cual era de esperar que los médicos ecuatorianos tarden aún unos cuantos años más para identificar esta mortal enfermedad.

La relación entre A…P… y C…S… me fue confirmada por la hermana del segundo, a quien entrevisté largamente el pasado año. Ella me señaló que sus padres conocían la relación y se opusieron desde el primer momento. Se buscó impedir el romance enviando a C…S… a San Francisco, California, para continuar sus estudios, aunque la situación empeoró: el rebelde muchacho llevó una vida disoluta que provocó que los padres lo enviasen a Londres donde, según lo contado por la hermana en la entrevista, C…S… tuvo un tórrido romance con un joven desconocido del West Hampstead. La hermana me confesó que posiblemente en estos meses de desenfreno fue donde C…S… se contagió de VIH que aparentemente luego afectaría a a A…P… durante su reencuentro en Quito.

Otro hecho a resaltar es la escasa referencia a hechos políticos del país y la predilección por narrar hechos cotidianos. Como verá el lector, hay muy pocas referencias al panorama político, mientras que se abunda en los hechos del diario vivir del literato. Esto, según me contó la descendiente de M…E… fue una decisión que tomaron ambos antes de que la pintora emigrara a los Estados Unidos. Esta promesa se mantuvo en pie hasta el deceso del escritor. Este hecho tiene relación con una mi última observación. Las cartas de A…P… eran utilizadas como vehículo para las noticias entre los ex amantes y no como medio literario. A diferencia de muchos autores, A…P… jamás creyó en la correspondencia como medio para el análisis literario o filosófico y esto lo reconoció explícitamente en la carta fechada en 10 de agosto de 1979 cuando dice que sus misivas se parecen “mas a las de una Jane Austen que a los de un Henry Miller”. De esta manera, A…P… no tuvo ninguna intención de que sus cartas tuviesen un lenguaje literario y solo hizo algunas menciones sueltas sobre el estilo epistolar de algunos autores. Esto se hace aún más patente cuando en la primera carta del 5 de julio de 1979, A…P… señala que incluye un poema para M…E…, aunque de inmediato reconoce que no le gusta escribir poesía y duda de sus propios dotes literarios.

En otra de las carta hallamos otro hecho importante: A…P… menciona que está escribiendo una novela que tentativamente titulará “El fin de nuestros días, el inicio de nuestras vidas”. En los papeles guardados por su madre no se halla ni una sola hoja de este trabajo, tan solo unos cuantos capítulos de otro proyecto de novela que titulo “Antibiografía”. Pregunté a la descendiente de  M…E… si sabía algo sobre  dicho trabajo y ella contestó que no recordaba haber visto ningún escrito que pudiese arrojar luces sobre ello. Desconocemos lo que sucedió con esta novela, aunque asumimos que fue destruida por el propio autor antes de su temprana muerte. En las cartas a M…E… se nos da noticia de que esta obra estaba casi concluida, pero el autor no estaba enteramente convencido sobre su valor literario. De hecho en su última carta lamenta “no poder terminar esta obra sobre la que literalmente volqué mi vida, aunque ahora más que nunca me doy cuenta del desperdicio de tiempo que ha sido sentarme a escribir semejante esperpento”. Sobre esta obra solo nos quedan las palabras de M…E.. en una entrevista que concedió a un diario local de Quito. Al parecer M…E… fue la única persona que leyó parte de esa obra perdida, aunque no podemos adivinar si poseyó una copia o si la leyó en una de sus visitas a la ciudad. Sobre la misma ella opinaba que era “un cálido suspiro directo al alma”.

Esta primera carta también hace referencia a la mención de honor que recibió por “Mente extraviada” que, cómo mencioné en el prologo a la primera edición de las obras completas de A…P…, se constituye en uno de los más criminales fallos que un jurado ha hecho en la historia de la literatura. El no haberla premiado en ese momento impidió su publicación. La mención de honor, solo consistió en un vergonzoso certificado de participación que ni siquiera fue entregado al escritor y que aún se empolva en los archivos del municipio ¡Cuán injusta puede ser la historia! Afortunadamente, la obra de A…P…sería descubierta muchos años después y con el transcurrir de los años  por fin se le está dando su lugar en la historia de las letras ecuatorianas y mundiales.

Esperamos que estas cartas permitan al lector acercarse a la faceta humana de A…P…, tan diferente de su personalidad literario. Estamos seguros que estas misivas les animarán a releer el material literario del autor, teniendo ahora una idea más amplia de la obra y los tiempos en los que vivió y escribió A…P… Esperamos también que más de uno se anime en el futuro a estudiar con mayor profundidad la obra de este genio incomprendido y marginado por su tiempo, soslayado por la historia de las letras y rechazado por su entorno literario. Vemos, sin embargo, como ni siquiera la historia con toda su  obstinación puede esconder un hecho: el genio brilla como un faro que guía nuestros azarosos pasos.